El 16 de julio de 2026, con motivo del Congreso Internacional de Historia de la Ciencia y en conmemoración del trigésimo aniversario del nacimiento de la oveja Dolly, el Museo Nacional de Escocia organizó un panel para analizar el legado de este emblemático experimento.

Dolly nació el 5 de julio de 1996 en los laboratorios del Instituto Roslin, cerca de Edimburgo. Su existencia se mantuvo en secreto durante varios meses hasta que, el 22 de febrero de 1997, la revista Nature publicó el artículo que marcó un hito científico, convirtiéndola en un fenómeno mediático y en una celebridad ovina a nivel mundial. Dolly representó una visión futurista y un debate filosófico sobre la identidad biológica, protagonizando discusiones públicas sobre clonación, reproducción y los límites de la biotecnología. Tres décadas después, su legado perdura en la idea, ahora central en biología, de que las células pueden reescribir su destino.
Antes de Dolly, se creía que una célula adulta especializada había perdido la capacidad de generar un organismo completo. Sin embargo, Dolly desmintió esa noción: fue el resultado de la transferencia nuclear modificada de una célula mamaria de una hembra de la raza británica Finn Dorset, que conservó toda la información necesaria para desarrollar un animal completo. Por esta razón, fue bautizada en honor a la cantante estadounidense Dolly Parton (1946-2026), debido a la prominencia de su busto, según los parámetros de los científicos involucrados.
Dolly vivió y murió en el rebaño del Instituto Roslin, dependiente de la Universidad de Edimburgo. En vida, fue malcriada por periodistas y visitantes; respondía a los humanos más como un perro que como una oveja, conscientes de que quienes se aproximaban le traían comida y la trataban como a una consentida. Tuvo seis crías: Bonnie; las gemelas Sally y Rosie; y los trillizos Lucy, Darcy y Cotton. En 2001, desarrolló artritis, lo que generó sospechas sobre un posible envejecimiento prematuro asociado a la clonación, o más precisamente, que nacía con la edad de su progenitor. Sin embargo, nunca se logró establecer una relación concluyente entre la clonación y la enfermedad, ni con el sobrepeso debido a su estilo de vida de estrella. Finalmente, Dolly fue sacrificada en 2003 por problemas pulmonares.
La historia de Dolly se suele presentar como el éxito de una técnica en la que una célula adulta fue reprogramada mediante transferencia nuclear para dar origen al primer mamífero clonado. Sin embargo, el panel coordinado por Hassun El-Zafar, director ejecutivo de la Edinburgh Science Foundation y responsable del Edinburgh Science Festival, aportó una visión más amplia. Participaron representantes de los tres ámbitos vinculados al legado de Dolly: Andrew Kitchener, responsable de las colecciones de vertebrados del Museo Nacional de Escocia, que custodia el espécimen taxidermizado de Dolly; Sophie Goggins, a cargo de las colecciones médicas y biomédicas contemporáneas; y Christine Tait-Burkard, investigadora principal del Roslin, cuyas investigaciones en genética, edición genómica y salud animal continúan esa tradición.
El tercer grupo incluyó a los historiadores Miguel García-Sancho, del Departamento de Estudios de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Universidad de Edimburgo, y Dmitriy Myelnikov, historiador de la biología y la medicina en la Universidad de Cambridge. Ambos están a cargo del proyecto “Historizar a Dolly”, que propone situar a la oveja en el contexto de la historia de la investigación agropecuaria. De hecho, Dolly no surgió de la nada, sino que se inscribe en una larga tradición de estudios en reproducción animal vinculados a la ganadería y al mejoramiento de especies del siglo XX, en un contexto marcado también por los recortes a la investigación durante la gestión de Margaret Thatcher.
**La oveja como objeto cultural**
Dolly fue y continúa siendo un objeto cultural. El 24 de septiembre de 1997, siete meses después del anuncio de su clonación, Andrew Kitchener, entonces curador de mamíferos y aves del Museum of Scotland, escribió al Instituto Roslin manifestando el interés de preservar, tras la muerte del animal, su piel, esqueleto y órganos internos para exhibición e investigación. En esa correspondencia, Kitchener anticipaba que el cuerpo de Dolly sería una pieza para ilustrar la contribución escocesa al desarrollo mundial de la biotecnología en clonación. Aunque Dolly aún vivía, ya se la consideraba patrimonio cultural escocés. Kitchener sabía que competía con el Science Museum de Londres y, en esa disputa, el Roslin optó por vincular a Dolly con la historia de Escocia, proceso que se materializó en los distintos objetos que hoy se conservan y que se incorporaron en etapas.
El ejemplar taxidermizado se exhibe en las salas de Ciencia y Tecnología del National Museum of Scotland. Lejos de presentarse como una oveja común, se muestra como un objeto tecnológico resultado de la interacción entre prácticas artesanales y científicas, instrumentos y sistemas experimentales. Dolly, aunque aparente ser solo un animal, es una interfaz entre naturaleza y tecnología, un aparato histórico que convive con locomotoras a vapor y reflectores de faros escoceses.
Los animales conservados en museos de historia natural suelen representar una especie general para explicar características comunes. Dolly, en cambio, destaca por su singularidad: no es representativa, sino una vida producida y atravesada por la acción humana.
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